
La Grande-Motte, Francia
Elemento Kore.
Una sola pieza de hormigón que fluye, se dobla y te invita a quedarte. KORE, diseñada por Michele Slaviero, es mobiliario urbano con vocación escultórica.
Esculturas que invitan a descansar.
La Grande-Motte tiene algo que pocas ciudades pueden presumir: está catalogada como Patrimonio del siglo XX y, al mismo tiempo, sigue siendo un lugar vivo, habitado, con puerto deportivo y carriles bici. Su arquitectura —esas fachadas escalonadas que remiten a las pirámides mayas, esos volúmenes que parecen emerger del litoral— no es un telón de fondo fácil. Intervenir aquí exige criterio.
Hace poco instalamos KORE frente al puerto deportivo. No es un emplazamiento cualquiera: desde ahí se abre una de las vistas más limpias al Mediterráneo que ofrece la ciudad. Las líneas orgánicas del producto funcionan bien en ese contexto, sin competir con la geometría rotunda de los edificios de Balladur ni quedar sepultadas por ella. Hay una conversación entre ambos lenguajes, y eso no siempre es fácil de lograr.
I-BOX, por su parte, se ha distribuido a lo largo de los senderos peatonales y los carriles bici que articulan el paseo. Son piezas pensadas para el descanso y el encuentro, y en La Grande-Motte —una ciudad que se recorre mucho a pie y en bicicleta— tienen sentido casi de forma inmediata.
Vale la pena recordar de dónde viene todo esto. A principios de los años sesenta, Jean Balladur recibió un encargo tan extraño como ambicioso: construir una estación balnearia desde cero en un terreno pantanoso y prácticamente deshabitado. Lo que proyectó fue un mundo propio, con residencias en forma de pirámide que bebían tanto de los templos precolombinos mexicanos como de la imaginería marina. El resultado es una ciudad que no se parece a ninguna otra, y que con el tiempo ha sabido convertir su rareza en identidad.
Ver nuestros productos integrados en ese paisaje no es un logro menor. Es también una responsabilidad.






